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Pucallpa y La Aventura Amazónica

Llegamos a Pucallpa donde nos esperaba Jorge. Tohar, la chica israelita, se fue con nosotras finalmente, y Jorge nos fue a buscar al terminar en los típicos “motokar”. En esta ciudad los autos eran realmente escasos, y lo que más había eran unas motos con asientitos atrás que funcionaban como taxis muy baratos. Eran bastante prácticas, especialmente si se piensa que estás en un lugar muy cálido donde no se precisa un auto para poder movilizarse, y si se anda en moto, es más barata la gasolina.
Así que nos fuimos en dos motokar (porque sólo caben 3 personas en cada uno) con Jorge, Iván (un amigo de Jorge), Tohar, Julieta y yo, del terminal a un lugar cercano al centro de Pucallpa, donde nuestro anfitrión nos tenía una pieza con baño. Era un cuarto emplazado en un edificio y Jorge vivía en otro lugar. Y nos estaba esperando con un paquete de galletas, una caja de chocolates y una botella de agua en la pieza, todo para nosotras. Se pasó.
Ese día descubrimos Pucallpa, una ciudad que no tenía gran belleza en absoluto, y donde las canaletas en la calle eran muy grandes, y la gente tiraba basura y sobras comida en ellas….por lo tanto la ciudad, en general, olía horrible. Era extraño que la plaza, en una de las ciudades más importantes de la amazonía peruana, no tuviera árboles grandes como para poder sentarse en el pasto y tener un poquito de sombra. La parte más bonita de la ciudad se podría decir que era el “puerto”, porque había una torre de vidrio pintado, que se iluminaba de noche, donde se podían ver dibujos de indígenas selváticos, serpientes, tigres, leones, y en su punta, tenía un reloj. Sin embargo, el “puerto” no tenía mucha gracia. De hecho no tenía ninguna gracia. Era llegar a la orilla del Río Ucayali, el cuál luego se convierte en el Amazonas, y embarrarse las patas para pasar a los barcos en unas tablas que ponían desde el barro hacia los mismos. Si uno quería comprar un pasaje a Iquitos o a cualquier lugar, debía entrar a los barcos respectivos y buscar a los capitanes, o los encargados de las embarcaciones…olvídate de un puestito de madera con precios fijos o algo así…nada de nada. Y luego fuimos a una feria, donde vendían de todo. Sin embargo lo más triste era ver gallinas, loros e incluso monos encerrados en jaulas los cuáles vendían para el propósito que el comprador encontrara conveniente. Pero el trato animal era horroroso. En la feria también se encontraban cosas como grasa de boa, pieles de cocodrilos, aceites de distintas plantas amazónicas, medicamentos naturales de la selva, que procedían tanto de origen animal como vegetal, piedras, maderas…..
Al día siguiente fuimos a conocer a Elmer a la laguna Yarinacocha, cercana a la ciudad. De hecho nos salió 4 soles (2 dólares) de Pucallpa a la laguna en un motokar. Elmer es un chico que logré contactar por Couchsurfing un tiempo antes, el cuál me había invitado a conocer su comunidad. Él es Shipivo, una de las razas autóctonas amázonicas. Tienen incluso su propio idioma, el copivo-shipivo, si mal no recuerdo que se llame.
La laguna yarinacocha es muy bella y se podían hacer navegaciones (las cuáles no hicimos por falta de dinero) para ver delfines rosados, y otro tipo de especies selváticas. En vez de eso, nos sentamos a comer con Elmer. Habían muchas mujeres shipivos que vendían artesanías, mientras nos deleitábamos con las extravagantes comidas de la selva. Los menús cantaban carne de lagarto, Viborachado (que era un licor al estilo tequila, pero en vez de un gusano, tenía una serpiente), muchos pescados del río (muy ricos por cierto) y otras cosas como una especie de tallarines de palmera, que luego decidimos no comer nunca más porque había que matar una palmera entera para tener un plato. Conversamos entonces con Elmer, que nos contó que para llegar a Colonia Caco, su comunidad, había que tomar un barco lento en dirección al sur, en contra de la corriente del Río Ucayali, que demoraba un día y medio en llegar, o una lancha rápida, que demoraba 8 horas. Aunque la diferencia de precio era significativa, optamos de todas maneras por la lancha rápida. Debíamos salir al otro día a las 4 am, para llegar a Colonia Caco a eso de las 13 horas. Así que eso hicimos. Y fue entonces como comenzó la gran aventura.

Nos juntamos con Elmer a las 3.45 en el “puerto”, el cuál, como les comenté, era la orilla del río, que se componía principalmente de barro, y había que subirse con botas a la lancha, medio saltando, mientras el “capitán” nos alumbraba con una linterna. Tohar, Julieta y yo entonces, las chicas blancas, en una lancha rumbo a Colonia Caco. Y zarpamos ya como a las 4.30, cuando todavía era de noche. La lancha tenía solamente un toldito de plástico como techo, y no tenía nada que la protegiera por los costados, como hacía calor, no importaba mucho. En la punta de la lancha, al frente, ( no conozco los términos marítimos, pero asumo que esto sería, ¿proa?), fue donde pusieron todas las maletas y las cosas que la gente transportaba. También iba allí el que dirigía la embarcación, que, con la misma linterna, luego de palpar el río con un palo largo, para que la lancha no quedara varada, alumbraba hacia un costado, hacia el otro o hacia el frente, para que, el otro personaje que estaba en la parte de atrás (¿popa?) y manejaba, supiera para donde ir. Y nosotros, los tripulantes, íbamos sentados en unas especies de sillas de playa, esas que están como hechas con hilos de plástico, tres o cuatro personas en cada una, e intentábamos dormir un poco. Por mí parte, me quedé despierta para ver el amanecer en el Río Ucayali….una experienca única. Y cuando llegó el día fue que vimos realmente que estábamos yendo hacia un lugar absolutamente desconocido, que quedaba en la mitad del río, que vendría siendo entonces como nuestra carretera, y que, si no fuera por otro barco, no podríamos salir de allí. Y fue entonces cuando ví uno que otro delfín rosado y toda la vegetación de esta selva enorme que se veía de un lado como del otro del río. Y fue entonces cuando Julieta se volvió loca sacándole fotos a unos peces saltarines, hasta que uno de ellos, en su salto, entro a la lancha y le dió en la cabeza. Y fue cuando entonces, Tohar comenzó una especie de romance con Elmer….una israelita con un shipivo peruano…fue fántastico.
Pero la aventura recién comienza…porque de pronto, luego del del amanecer amazónico, llego la tormenta. En una fracción de segundo, no podíamos ver más allá de nuestra embarcación, debido a las nubes y la neblina, y la lluvia torrencial que caía desde el cielo a baldazos, y los rayos que iluminaban la mañana ya nublada, y los truenos que acechaban luego…. Apareció el “capitán” y tiró unos plásticos para cubrir los costados del bote, porque ya éste se estaba llenando de agua y la tripulación estaba absolutamente empapada.Pero la idea era que también nosotros los pasajeros agarraramos los plásticos para poder cubrirnos, y como nadie atinaba a nada, empezamos a pedirle ayuda a la gente para poder sujetar estos plásticos, y que el bote no se llenara más de agua, para que el pobre tipo que llevaba como 15 minutos con balde en mano agachandose cada 3 segundos para sacar el agua, en pos de no hundirse, pudiera dejar de hacerlo. Y todos cooperamos y logramos no mojarnos más. Sin embargo, el que dirigía la lancha, fue llamado por Julieta en su bitácora de viaje como “El duro”, nombre que se ganó por no tener toldo y seguir, a pesar de la tormenta, en la punta de la lancha, con palo en mano, tanteando el río, mientras la lluvia lo seguía mojando, dirigiendo al de atrás que manejaba. Y lo mejor de El Duro, era que no tendría más de 16 años, y se mostraba valiente ante esta tormenta que incluso sacó gritos de algunos pasajeros, y él no paraba de dirigir la lancha que, a veces, se tambaleaba y daba la sensación que en cualquier momento el río se iba a poner más bravo aún, para dar vuelta nuestra mini embarcación, que ya sentiamos casi como casa, y caer al agua en la mitad de la selva, donde los animales que existen eran totalmente desconocidos. Hay que decir que hubo un poco de miedo, y que Apocalysis Now, no estaba lejos de ser un imaginario similar. Y al poco rato, llegamos a Colonia Caco.
Nos bajamos en medio de la tormenta y agradecimos tanto haber comprado botas el día anterior, porque claramente tampoco había algo similar a un muelle, puente o nada que se le parezca, entonces hubo que bajarse en medio del barro, y subir una pequeña colina que nos llevó a un lugar donde había una niña y dos señores cortando plátanos. La niña estaba con falda y pies descalzos, tocando con sus pies la tierra mojada, mientras el hombre cortaba plátanos a un lado del río. En cambio nosotras figurábamos forradas en ropa para que todos los mosquitos que se nos acercaron tan solo al bajar de la lancha, no nos comieran vivas. Además, forramos las mochilas con plásticos, y con parkas. Y teníamos un poco de frío por estar tan mojadas luego de la tormenta, pero había que esperar a que llegara un motokar a buscarnos, el cuál era, claramente, el motokar del pueblo. Y en eso nos pusimos debajo de unos árboles de plátano que, con sus hojas gigantes, nos protegían de la lluvia. Y el motokar llegó, y nos fuimos entremedio de los árboles de plátano y de papayas, rompiendo el barro y las gotas de agua que caían del cielo nublado, hasta llegar a la que era la casa de Elmer, donde vivían sus sobrinos con su cuñado. Su casa era algo que tenía únicamente lo absolutamente justo, necesario y simple para vivir. Era una especie de galpón de madera, que tenía de ventanas unos hoyos, y de puertas otros hoyos con una tela verde. La casa estaba como un metro del suelo, con un techo de zinc. Dentro de ella sólo había un catre, una mesa, dos sillas y un gran bidón de agua. No había ni baño ni cocina. La cocina estaba afuera y era un techo de paja, que debajo tenía unas pequeñas estanterias con utencilios de cocina, y en el suelo, cuatro troncos que formaban una cruz, dejando un círculo al medio de ésta, donde se hacía fuego y se ponían las ollas para cocinar. Cocina a leña. Y el baño….bueno, no había, así que la naturaleza fue nuestra amiga, aunque los mosquitos nos comieron el culo.
Nos quedamos dos noches en Colonia Caco. Cuando llegamos solamente nos cambiamos de ropa y conversamos con estos niños, Stephanie, Mirella y el chico que no recuerdo su nombre. Los tres se comunicaban entre ellos y con sus pares en shipivo, al igual que toda la comunidad. Julieta decía que se sentía en Vietnam…y no era talla…en la mitad de la selva con gente que hablaba un idioma más similar al chino que al español. Stephanie era la mayor, y por lo tanto la que cocinaba y hacía todos los deberes del hogar, tanto para su padre, que trabajaba en el campo, (aunque con el paso del tiempo nos fuimos dando cuenta que más bien tomaba cerveza) como para sus hermanos. Su madre vivía en otra comunidad cercana, donde trabajaba de profesora, por lo tanto no la veían mucho. Y nos contaron que ella con Mirella dormían juntas en uno de los catres, con el mosquitero, el único elemento primordial que no podía faltar en la selva. Y su padre con su hermano, ponían un mosquitero en el suelo y dormían allí.
Y ese día nos quedamos adentro del lugar, esperando a que pasara la lluvia. Elmer nos pasó un mosquitero a mi y a Julieta, el cuál colgamos sobre unas frazadas y alfombras que nos sirvieron de colchón junto con nuestro sacos de dormir. Julieta le llamo a nuestro lecho “el templo sin mosquitos”….así que, mientras estábamos en la casa, pasamos metidas allí, especialmente a las 6 am y a las 6 pm, que eran las horas donde más salían estos animales del demonio. Esa noche salí con Elmer a uno de los mini bares, que luego de las 7 de la tarde, hasta las 10 pm, tienen luz (un generador del pueblo), por lo tanto se puede escuchar música y tomar algo. Estábamos solo los dos, y Elmer me comenzó a contar las cosas de la Ayahuasca. Él quería ser chamán, y para serlo, había que tomar muchas veces la medicina y entender muy bien los rituales, además de tener un crecimiento espiritual a través de esta ceremonia. Me contaba que hay chamanes buenos y malos, como todas las cosas, y si no eres suficientemente fuerte como chamán, te pueden tumbar, lo que significaría incluso la muerte. Podría haber tomado Ayahuasca, pero la verdad es que a mí, al menos, me dio un poco de miedo. Es una planta a la cuál le tengo mucho respeto, porque sé que no es una droga cualquiera, es más bien, como decía él, una medicina.
Al día siguiente, todo el mundo comenzó a saludarnos cuando caminabámos por las calles de tierra del pueblo. Era impresionante como las mujeres llevan sus vestimentas clásicas, y andan casi todas a pie descalzo, sintiendo el contacto con la tierra de forma constante. Bueno, y claramente ellos ya tienen algo así como cuero de chancho y los mosquitos no son un problema, no así nosotras que tratábamos de cubrirnos con todo lo que podíamos. Trabajaban la tierra, todos juntos, en comunidad. Y todos se conocían y eran amigos. A la mañana, temprano, estaba el vocero del pueblo que, a través de un micrófono, despertaba a la comunidad y contaba las noticias del día. Fue él el que comentó esa mañana que no le tuvieran miedo a la gente de afuera, y llamó a la amabilida de la población para con nosotras. Y eso generó que todo el mundo entonces nos mirara y saludara. Y cocinamos a fuego nuestro desayuno, y nuestro almuerzo, comimos pescado asado del río, y vimos como estos niños se deslumbraban con nuestras cámaras, y jugaron con nuestra ropa y nuestros anteojos, y nosotras jugamos con ellos y pintamos, y aprendimos palabras en shipivo. También Elmer nos llevó a conocer entonces la selva virgen no habitada ni turística, y nos introducimos más allá de las plantaciones de los pobladores, que mostraba un cielo celeste tan claro, y un sol alucinanate, y estos árboles gigantescos por donde paseaban monos, mientras en los senderos se nos apareció una boa gigantesca y un lagarto bebé, del cuál nos escapamos porque podría estar la madre cerca, y llegamos a un lugar del cuál veíamos lagunas donde supuestamente habían pirañas, y lugares llenos de manglares y flores de loto, y un hombre que navegaba en una canoa entremedio de estos ríos bajos que se llenaban de vegetación, porque la amazonía es la riqueza en su máxima expresión, donde todas las especies traslucen vida, y todo sirve para algo…la selva te lo da todo. Y vimos mariposas gigantes y coloridas, y arañas con rayas negras y blancas, y todo tipo de lianas y árboles….
Y en la tarde me fui a bañar al río ( que lo prefería antes de baldearme) donde todos los niños disfrutaban luego de salir de la escuela, y los adolescentes se coqueteaban, y todos se conocían, y todos se llevaban bien…al menos a simple vista. En la noche ví algo interesante. De todas las casas que habían, algunas tenían televisor. Y cuando daban la luz, de 7 a 10 de la noche, mucha gente se reunía en estas casas a ver la telenovela del momento, o los programas de farándula. Y pensé que eso es lo que les llega de la sociedad en que vivimos a esta gente que vive de otra manera. Les llega la estupidez en su máxima expresión, y ellos lo ven, porque es lo que hay para ver cuando llega la electricidad y existe ese momento de distracción. Que triste que sólo llegue eso…y nada más.
Y al día siguiente ya debíamos partir. Y más que debíamos, debo confesar que el lugar era hermoso, que la experiencia fue alucinante, que ver a tanta gente viviendo de forma totalmente aislada y desde otro lugar fue de gran aprendizaje, sin embargo, los mosquitos me habían comido viva, literalemente, y ya no daba más. Nuestro plan con Julieta era seguir río arriba, hacia el sur, para llegar a un pueblo que se llamaba Atalaya, y desde allí, nos habían dicho que habían formas de llegar a Machu Pichu. SI tomábamos la lancha rápida a las 12 del día, estaríamos llegando al día siguiente a eso de las 12 a Atalaya, porque parábamos a dormir en una comunidad, y en la noche no se viajaba. Elmer y Tohar, se irían juntos a Pucallpa y luego ella seguiría a Iquitos. Así que nos dispusimos a esperar la lancha desde el mimso lugar donde habíamos llegado. Había allí una mujer shipivo sentada, asumo que acompañando a su marido que cortaba plátanos…o no sé qué haría. Otra mujer la acompañaba. Esta primera estaba vestida con la tenida típica shipivo, la segunda no. La primera no me entendía el español, la segunda sí. Sin embargo, ambas, irradiaban una paz y calma hermosísimas. Y cuando vimos que pasaba la lancha, la forma de hacerla parar era tomar una prenda, lo que fuera, y hacer señales desde la orilla del río para que parara. Y eso hicimos, con Elmer ayudándonos fuertemente. Pero, la lancha no paró, siguió de largo,…y no habrían más lanchas a Atalaya hasta el otro día. Con Julieta entonces decidimos volver a Pucallpa junto a Elmer. Pasó entonces el barco lento, que llegaba al otro día a Pucallpa y nos subimos a ese. Nos quedamos adentro alrededor de una hora, sentadas, mientras cargaban el barco, en unas bancas de madera, entre las hamacas que la gente cuelga para dormir, pero que nosotras no teníamos, entonces tomamos posesión de estas bancas, duras y horribles, pero era mejor que dormir paradas. Recuerdo que había una niñita que tenía de mascota un mono que se llama Messi….el fútbol, cosa seria. Y tuvimos la gran suerte que, antes de que saliera este barco, pasó una lancha rápida a Pucallpa y nos subimos los cuatro y volvimos a zarpar las aguas del Río Ucayali, esta vez sin tormenta, si no más bien con un atardecer alucinante. Y a eso de las 9 de la noche, habíamos llegado a la ciudad, todas embarradas, sin ropa limpia, volviendo de la aventura selvática.
Jorge nos fue a buscar al reloj del puerto. Tohar se fue con Elmer, y nos despedimos entonces, hasta siempre, hasta nunca….
Esa noche salimos con Jorge y sus amigos, a conocer la noche amazónica, la cuál, aparte de los tragos extraños que se podían ver en el mostrador del bar, como el viborachado u otros, no tenía nada de particular. El reaggeton y el pop gringo suenan en todos lados. pero fue maravilloso una ducha, un baño, un piso de madera….es impresionante como cuando se viaja, hay cosas que son tan lógicas y normales en la vida real, pero aquí se aprecian, y pasan a ser lujos y comodidades…y es interesante saber que hay mucha gente que no las tiene, como estos niños en la selva, que se acuclillaban para cocinar a leña, revolviendo los huevos con una mano, mientras con la otra aventaban un pedazo de cartón para que el fuego no se apagara…o que su baño fue siempre el patio de su casa.
Al otro día, decidimos que queríamos salir de esa ciudad de una vez. Y decidimos que no nos importaba nada, y que no queríamos tomar tres buses durante dos días para llegar a Cuzco. Así que optamos por la opción avión. Y estuvimos todo el día intentando comprar los pasajes, que fue muy, muy difícil. Nos costó llegar a Pucallpa, y ahora nos costaba irnos.

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