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Lima y los restos del Virreinato

Llegué a Lima en bus y me fue a buscar Enrique, un chico limeño de couchsurfing con el que había contactado hace ya un tiempo. Él me fue a buscar a la terminal y me llevó a caminar por Lima, a ver si encontraba algún lugar para dormir. Luego de transitar muchísimo por el barrio de Lince, logré terminar en un motel barato, donde tenía pieza para mi sola con baño privado por el equivalente a 12 dólares. Y hasta agua caliente. Nada muy lujoso, pero estaba fantástico. Por el mismo precio hubiera estado en esos hostels de Miraflores el centro, pero durmiendo en la misma pieza que 5 más. Y esto me pareció más cómodo. El plan era solamente quedarse una noche para esperar a Julieta, que llegaba al otro día, y así partir a la noche siguiente a Pucallpa, nuestro próximo destino.

Luego de que conseguí este motel, Enrique se fue y quedamos de salir a la noche. Y llegó a verme Daniel, un amigo de antaño de mi madre que vivía en Lima y que venía siguiendo este mismo blog y se ofreció a invitarme a almorzar. Fántastico. Así que fuimos a una picá a comer las maravillas de la cocina limeña: ceviche, causa, tiraditos de pulpo al oliva….que rico. Durante el trayecto del motel al restaurante, pude ver como los chilenos estamos metidos en Perú por todos lados. A Chile emigran los que no tienen, a Perú se van las multinacionales….chilenas. Cencosud, Falabella y Paz Froimovich, por decir algunas, se han comprado Lima completo, mientras inventan e inventan nombres nuevos para otros supermercados, que compiten entre ellos. Y luego los chilenos alegan de la inmigración peruana a nuestro país, que al final son personas emprendedoras que solamente buscan oportunidades, porque en su país, el sueldo minímo es demasiado bajo y no alcanza, si es que tienen la posibilidad de llegar a optar por el sueldo mínimo. Y los chilenos no llegan como inmigrantes, si no como dueños. Gracias señor Paullman y señoras Falabella por poner a nuestro país como los nuevos invasores del retail sudamericano. Wallmart está quedando chico.

Salí a la noche con Enrique a conocer el símil a la plaza de armas limeña, donde se pueden apreciar estas construcciones coloniales hermosísimas que han sabido ser preservadas, herencia del Virreinato. La catedral, la casa de gobierno, la misma plaza, todo parece como que se hubiera construido ayer, tan bien alumbrado y ambientado para ir a dar vueltas por ahí a la noche. Me decía Enrique que si uno se mantiene dentro de esos márgenes es muy seguro, pero si ya te alejas un par de cuadras, la cosa se pone un poco más peligroso. Sin embargo él, que ya ha conocido harto turista en Perú, me decía que a muchas chicas les dicen que no paseen por otro lugar que no sea Miraflores, y que no era cierto que era el único lugar seguro para salir en Lima. Perú ha mejorado mucho, la economía está creciendo y la clase media se está ampliando. Es más, los precios no eran tan baratos como mucha gente que ya había ido me comentó. El dólar había bajado un sol, y eso, hacía la diferencia. Muchas cosas costaban igual o más que en Chile, incluso.

Y me llevó a tomarme un pisco sour peruano al famoso Hotel Bolívar, donde se supone que se inventó el pisco sour catedral. Y nos tomamos uno. Y luego fuimos a un bar, también por esa misma zona, chiquito, tranquilo, donde habían dos hombres muy mayores tocando música en vivo. Uno tocaba batería al estilo jazzero que denota técnica y conocimiento del instrumento, y el otro, un piano vertical muy antiguo que lograba zumbar cuando este le ponía las manos encima. Qué lindo. Me contaba Enrique que ellos siempre tocaban ahí, que eran parte de una tradición del centro limeño. Qué lindo. Y cuando hicieron una pausa, nos fumamos un cigarro afuera con el baterista, y fue aún más amable cuando supo que yo era chilena. Me contó que había viajado hace años por Chile, que había tocado con muchos músicos chilenos y que admiraba a la Violeta y a Víctor. Yo no pude más que felicitarlo por lo lindo que tocaban. Que agrado ese lugar.

Al otro día llegó Julieta. Llegó sola desde el aeropuerto y tocó la puerta de mi pieza de motel. Buenísimo ver una amiga después de tanto tiempo. Y desde ese momento, el viaje ya no fue un yo, si no un nosotras, de a dos para todos lados. Y Julieta, gran aficionada de la fotografía, se convirtió en la animadora y la segunda cámara, ambas al mismo tiempo, de mis grabaciones por latinoamérica. Ese día paseamos por el centro de día, y luego fuimos a Miraflores a conocer la costa limeña, tan hermosa, con tanta gente surfeando, en una de las capitales más importantes de Sudamérica. Y volvimos temprano para tomar el bus a Pucallpa, pasaje que yo ya había comprado el día anterior. Sin embargo, tanto llegar como salir de Pucallpa fue difícil. Llegamos tarde al bus, por culpa mía, porque no entendí el lugar y el horario bien. Así que tuvimos que volver a nuestro motel. Y al día siguiente aprovechamos la mañana que teníamos de ir al cerro San Cristóbal, el cuál no era tan lindo ni verde como el santiaguino, pero del cual podíamos ver toda la ciudad. Más bien el cerro era feo, solamente arena, y en sus faldas se asentaban personas de clase baja. Para ir, tomamos una especie de tur a 5 soles que vendían en la plaza de armas a turistas. Y al momento de pasar por estos barrios bajos de las faldas del cerro, nos pidieron que cerraramos las ventanas y guardaramos las cámaras. Y llegando a la cima, lo que se veía era pobreza, como no ví en ningún otro país que pasé. Mucha y muchísima pobreza, descrita desde casa de cemento hacinadas, o a veces casa de cartón y ladrillo, si había un poco de suerte. Fue horrible llegar a la cima del cerro de Lima para ver la ciudad, y ver en su gran mayoría la pobreza peruana. Y entonces entendí porque todos salen del Perú. Y me acordé también de la pobreza colombiana, y me pregunté si no será esto la herencia de los virreinatos, o de los centros importantes dominados por al cornoa española en la época de la colonia. Un amigo colombiano me decía que ellos pagaban un karma por todo el oro que salió de América a través de sus costas. Quizás Perú pagué ese mismo karma, y esté viviendo hoy esa herencia del virreinato.

Y después nos fuimos a comer en el mismo centro, donde los fines de semana se ponen, organizado por la municipalidad, mesas para sentarse, y otras mesas largas llenas de comida criolla peruana: cuy al picante, causa limeña, ceviche, ají de gallina, suspiro limeño, leche asada, arroz con leche, leche nevada (postres que pensaba eran solamnete chilenos y nos vamos dando cuenta que estaba equivocada), entre otros. Estaba tan lleno que tuvimos que comer paradas, pero fue barato y rico.

A la tarde tomamos el bus a Pucallpa, a eso de las 4. Y nuevamente pudimos ver la descripción total de la pobreza limeña en esta salida.

En el bus apareció Tohar, una chica israelita que había vivido en Cuzco durante un tiempo, con lo que había aprendido bastante español, y ahora se proponía a recorrer Latinoamérica en el sentido contrario al mío. Se subió y se sentó en el asiento al lado del nuestro. Y era tan rubia y con ojos tan azules que denotaba muchísimo su poca procedencia de las raíces latinas. Y como yo ya había viajado sola, pensé que quizás, podría ayudarla. Cuando le pregunté de donde era, y me dijo que de Israel, debo confesar que se me pasaron un poco las ganas. No es que uno sea anti semita, ni en pos de la discriminación, ni mucho menos. Pero sí tengo raíces palestinas muy cercanas, y entonces hablar con un israelita puede ser muy difícil. Entonces decidí no hablarle más. Pero luego pensé que yo era una idiota porque estaba, como he criticado muchas veces, discriminando por nacionalidad a alguien. ¿Y qué pasaba si la chica era buena onda? ¿Por qué no conocerla? ?¿Por las raíces que ni siquiera ella escogió? Y entonces conversamos, y me di cuenta que estaba un poco perdida, y que no sabía qué pasaba al llegar a Pucallpa, qué iba a hacer, entonces le ofrecí que quizás se podía ir con nosotras, a la casa de este chico de couchsurfing que ya habíamos contactado, si es que él accedía. Y así fue como Tohar conoció Couchsurfing. Y conversamos, obviamente, del tema palestino-israelí, sin poder llegar mucho a algún acuerdo, especialmente cuando, ella, como todos los ciudadanos de ese país, han prestado el servicio militar durante dos años, como es obligación para las mujeres, y no sólo eso, si no que luego se había entrenado más y había pasado a ser algo así como oficial. Y cuando le pregunté por qué lo había hecho, si era por el dinero, o porque le gustaba, me dijo que por ninguna de las dos, más bien porque era como un honor. Y ella resultó una persona re buena onda con la que pude intercambiar varios puntos de vista, tanto políticos como de temas de vida, y ella fue capaz de escuchar lo que yo y nosotras pensabamos acerca de su país, como ella nos preguntó, lo que generó que me alegrara de haber decidido hablarle, en vez de no hacerlo, por pensar en que podía estar mal sólo por una nacionalidad. Aún así, muchas de las cosas que me dijo, me hicieron darme cuenta que, así como en todas partes, lo que le enseñaban a los mismo israelitas sobre su acción en esa guerra, era totalmente distinto a lo que nosotros pensábamos. Cómo por ejemplo que ellos no atacaban, sólo se defendían…cosas que dan para pensar.

Y eso fue Lima. Fue muy corto, las capitales ya me habían hartado un tanto, tenía ganas de otras cosas, de otro tipo de aventuras, de la selva amazónica peruana de la cuál no sabía nada, por ejemplo. Y estuvimos como 20 horas arriba de este bus clásico, cruzando la Cordillera de los Andes muy lentamente, y me desperté por la noche con una pareja que no se había aguantado y había decidido que el bus era un buen lugar para tener sexo…y tampoco les había interesado ser silenciosos. No sé por qué pero en Perú me venían persiguiendo, como bien le puso Julieta  el “garching” ajeno. En el motel que nos quedamos, yo también me había despertado con la competencia de quien gime más de las piezas aledañas. Y luego esto en el bus. Y Julieta sólo se reía en la mañana cuando le contaba, porque ella no había escuchado nada. Era bastante chistoso, hay que decirlo.

Y llegamos a Pucallpa. Y todo era verde selva, y todo era calor, y todo era ruido de ” moto kars”, y todo era….Amazonía peruana.

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