Santiago de Chile contacto@minorteeselsur.com +569 9657 0118

Chocó: El Pacífico en Guerra

Me desperté con una bomba.
Habíamos llegado con Sophie, mi amiga alemana, hace unas dos noches. Yo quería ir al Chocó, porque sí, porque me habían hablado que era uno de los Estados más marginados de Colombia, y muy diferente a lo que venía viendo de este país. Por otro lado, en Cuba había conocido a esta banda de música, ChocqQuibTown, que eran de aquí y hablan mucho de Chocó en sus canciones. Y Sophie, también tenía ganas de ir, y con suerte, ella consiguió un couchsurfer que nos alojara a ambas. Sin embargo, no sería en la ciudad capital del Chocó, que es Quibdó, si no en un pequeño pueblo llamado Tutunendo, en casa de Edwin, quien vivía con su mujer, su pequeña hija, sus dos hermanos y su padre.

Cuando hablo de un pequeño pueblo, hay que intentar imaginarse esos pequeños pueblo rurales de Chiloé, o de la carretera Austral. No tiene más de 3000 habitantes (siendo grande para el Chocó), no hay alcantarillado y la mayoría de las casas son de madera, muy precarias. La gente vive de una manera muy sencilla. Por ejemplo, la familia de Edwin, se notaba que eran de los que querían tirar el pueblo para arriba. Era la única casa que tenía algo de internet, debido a que había puesto una antena en el techo, y donde iban muchos chicos a buscar información para estudiar. El padre tenía una mini fuente de soda donde vendía pollo frito, cerveza y bebidas, que estaba pegada a la casa. Tanto Edwin como Fernando, su hermano, tenía un trabajo fijo, y bueno. Y la hermana de ellos, era una de las que tenía una tienda al lado. Y, sin embargo, vivían en una casa de madera muy sencilla, sin mayores lujos, de dos pisos, donde abajo era la cocina, el baño (también muy simple, sin puerta, sólo una cortina, un wc normal, y una ducha de agua fría con piso de cemento, que tenía un hoyito, por donde el agua salía hacia abajo, a la tierra) y una sala con televisor, y arriba estaban los cuartos. A mí y Sophie nos pasaron un cuarto para las dos, que daba a la calle a través de una ventana de madera. Y el pueblo era muy, muy pobre. Pero más que pobre, era humilde y tranquilo. La gente se bañaba en el río, lavaba los platos en el río, lavaba la ropa en el río y generaban que su vida transcurriera según este afluente de agua. Y no trabajaban mucho: algunos trabajaban temporalmente en la construcción de la carretera Medellín-Quibdó (trayecto de menos de 200 kms, el cuál aún es de ripio y se demora como 7 horas de viaje), otros en una mina cercana, pero muchos de ellos hacían minería artesanal para sacar oro, en el río. Más que nada, era gente simple, tranquila, sencilla, que viven en y con la naturaleza, que recolectan frutos de los árboles y generan canaletas para almacenar agua de la lluvia y no les interesa más nada.

Y ese mañana de sábado a principios de Marzo, me desperté con una bomba. La noche anterior habíamos salido a dar vueltas por el pueblo con unos amigos de Edwin, a tomarnos una cerveza por ahí, y me había asustado mucho porque pasaron camiones con militares, armados hasta los dientes. “No te preocupes” me había dicho uno de ellos cuando me vio blanca, “es muy normal que hayan militares siempre en estos pueblo. Con ellos hay que sentirse seguros”. Y por eso nunca pensé que a la mañana siguiente mi despertador fuera ese estallido. Sophie dormía al lado mío y ambas nos despertamos. “¿Qué es eso?” me preguntó. Debido a la cantidad de tormentas que habían habido en esos dos días, entre durmiendo y despierta, le respondí “Un trueno”. Y mientras continuaba dormitando comenzaron a sonar las balas. “¿Ves?”, le digo, “está lloviendo”…”Eso no es lluvia, Amanda”, me dice convencida. Me desperté de un salto y tomé la cámara. Abrí la puerta y ahí estaba el padre de Edwin. Lo quedé mirando. “Eso es plomo, mija….la guerrilla” me dijo asustado. Habían lanzado una bomba a la estación de polícia, que estaba a 5 minutos caminando de donde estábamos nosotros, por lo tanto no podíamos ver nada, pero escuchamos durante esos 45 minutos que duró el ataque, cada bala que se disparó. La gente miraba desde las ventanas de sus casas, todos en silencio. Simplemente esperaban a que pasara, como en Chile se espera a que pasen los temblores. Dentro de nuestra casa, llamaron por teléfono a algunas personas para advertirles, y conversamos. Nos preguntaban a nosotras si estábamos muy asustadas, y la verdad es que no lo estábamos: Yo figuraba viviendo el momento, grabando todo lo que pasaba en la casa, como se escuchaban las bombas. Era un tanto adrenalínico, pero como nadie en la casa se veía asustado, yo simplemente decidí vivir la guerra. Nunca había estado en un país en guerra, y menos escuchado un bombardeo. Y entonces lo estaba, estaba en un país en guerra, aunque en las ciudades no lo pensaras, porque la guerra estaba ahí, en los campos, en los pequeños pueblos donde la gente no tiene nada ni le interesa nada, en las comunidades indígenas, las cuáles desarman para obtener terrenos cultivables de cocaína, en los pueblos cómo estos, que terminan también por ser desaparecidos, llevando a toda esta gente a vivir a la ciudad y la hacen llamarse “desplazados”, para que el Estado los ayude, como si el Estado no tuviera nada que ver y fuese el fiel salvador. Entonces descubrí que la próxima vez que alguien me hablara bien de las FARC, y me dijera que realmente es un grupo revolucionario que lucha por el pueblo, yo le diría que estuve en un pueblo, en Colombia, habitada por gente que está absolutamente dentro de la connotación de la palabra “pueblo”, y fue ese pueblo atacado por las FARC, entonces, con qué cara me vienen a decir que defienden al pueblo si los despiertan un sábado por la mañana con una bomba. Me dijeron después que el real motivo es para distraer al ejército y poder sacar cocaína o marihuana sin que estos los molesten…y no me extrañaría.

De hecho, en un momento, el padre de Edwin sí se asustó. “No llega el helicóptero”, me dijo. “Ha pasado media hora y no llega el helicóptero”. Supuestamente este helicóptero es el que les da la confianza y la protección, porque entonces la guerrilla sí corre. Si no fuera así, me decían, podría ser posible que se tomen el pueblo, y eso, nunca es bonito. Finalmente llegó el gran helicóptero, y la tranquilidad volvió a Tutunendo.
Ese día teníamos planeado ir a dar una vuelta río arriba, sin embargo no pudimos porque “podría estar la guerrilla” y con los ojazos azules y el pelo rubio de Sophie que gritaban “Soy Gringa” no era muy recomendable. Y bueno, en una zona de afro descendientes como es el Chocó, yo también gritaba mi extranjería. Así que no pudimos hacer mucho.

Pero esta situación me hizo ver tantas cosas de otro punto de vista. ¿Qué es la riqueza? ¿Qué es la pobreza? Veía en esta gente el ejemplo de pobreza que pasan en Nat Geo, la connotación de “no tener” implantada por este sistema neoliberal, sin embargo también veía gente feliz, muy feliz, que a pesar de las bombas, siguió sonriendo. Gente que bañarse en el río todo el día y tomar jugo de borojó es todo lo que necesitan. Y pensé que realmente eran ricos. Para qué quieren una ducha si tienen un río y un clima caluroso, para qué quieren dinero si alimento cae del cielo. Pensé que el hecho de simplemente no querer más los hacía ser los más ricos que conocí nunca. Y sin embargo, Fernando, por ejemplo, se estaba yendo a estudiar a Buenos Aires en un par de meses. El que quiere puede.

Mas sin embargo ibas a Quibdó y entonces ahí sí se veía la pobreza, porque eran estas mismas casa de madera, hechas con palafitos, que vivían arriba del agua y la basura, y que, más de alguna de esas personas, eran seguramente desplazados de pueblos aún más recónditos entre el bosque lluvioso del pacífico colombiano. Y la pobreza se ve en las ciudades.

El domingo sin embargo, quería hacer algo y fui con Chico, otro amigo de Edwin, a ver cómo era la mina en la que trabajaba. Caminamos como media hora bosque adentro, bordeando el río. El paisaje era hermoso, de árboles selváticos y río de agua pura y cristalina. Cuando llegamos, ví entonces esta especie de campamento. La gente misma se arma sus casas, de madera o incluso muchas veces de malla. Ponen un par de gallinas por ahí a pasear, duermen en estas chozas, y hay una sola señora que les cocina a los hombres mineros, que tampoco eran tantos, cuando estuve ahí habrán habido 4 personas, y en total serían 10. Hacían minería con retroexcavadora, sin embargo, según Chico, la reforestación era muy rápida. Y se veía, porque me mostró lugares donde ya había trabajado y que hoy parecía como si nunca se hubiese tocado. Así mismo, la misma empresa ponía los árboles para la reforestación. Me contó que el dueño de la fábrica minera era de Medellín, pero vivía en el Chocó hace más de 20 años, y le interesaba hacer minería responsable, por eso cuidaba el ambiente, la flora y fauna. Entendiéndose que era de allí, no quería él tampoco destruir esa zona. No así las multinacionales, de las cuáles ellos mismos estaban asustados. A un gringo le vale nada si ese lugar se destruye o no,mientras se saque todo el oro posible. Lo loco de la minería en estos lugares es que se hace debajo de los árboles, entre medio de los ríos, no así en Chile que está en medio del desierto, entonces no es como que el paisaje cambia tanto. Aquí se debe deforestar para poder sacar el mineral de la tierra…

Cuando íbamos volviendo, fue que explotó de nuevo. Y esta vez sí que tuve miedo. Estábamos caminando solos en medio del bosque, y sonó la bomba, en cualquier momento podría aparecer alguien de la guerrilla y entrar a preguntarme quién era….y mi acento colombiano no es muy bueno que digamos. Realmente me asusté. Menos mal Chico tenía teléfono y llamó al pueblo para saber qué pasaba…estaban detonando las dos bombas que habían tirado el día anterior pero que no habían explotado. Ya me tranquilicé, pero creo que nunca me había asustado tanto en la vida.

Dato curioso, la única ciudad que está en el pacífico colombiano costa como tal es Buenaventura, que está en otro Estado, más al sur, cercana a Calí. Pero en el Chocó, la única población que tiene costa es bahía Solano, a la cuál hay que llegar en avión porque no hay caminos. Y es loco que sea así teniendo tanta costa pacífica. Dicen que es así porque por ese mar es que sacan la droga…

Y entonces así fue, un pedacito más de Colombia, un país que me dí cuenta, sí está en guerra, una experiencia más en el camino, una situación más que me hizo ver otras formas de vida donde la riqueza no tiene que ver con cuánto tengo, si no con qué tan feliz soy.

A %d blogueros les gusta esto: